Blanco y negro

En su último recorrido de verano el viajero enfrentó al rostro de su propia muerte. Un pie adelante, un paso al frente; atrapado en arenas movedizas. Sus únicos movimientos fueron lanzar su  mano al aire, dirigir su mirada hacia el ocaso. La cintura asomaba aún y pudo hacer decidió dar lo que podría ser el último giro de su vida; 180°. De esa manera resistió estático, incluso respirar significaba acelerar su descenso entre las arenas.

La noche.

En su última bocanada de aire puro, el primer rayo del sol lo tomó de la mano.

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El descanso

A él sólo lo pudieron ver sentado. De lejos, su hombro apenas dejaba que las miradas de los testigos de aquel suceso tan extraordinario descubrieran  que tenía un rostro.Nadie lo vio llegar. De vez en vez, al escuchar los pasos y murmullos, el viajero giraba con sutileza su cabeza hacia la derecha. Sus ojos permanecían cerrados. Uno de ellos quiso permanecer despierto para cuestionarlo, pero al amanecer siguió su camino.