Caminata nocturna

La noche avanzaba lento como sus pasos. Era una de esas noches largas de invierno en el norte cuyas caminatas pertenecen a aquellos que dormidos rondan en la memoria y cuyos pasos sólo sirven para alimentar la barrera que divide los niveles de la conciencia. No se detuvo en la noche más larga de su vida.

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Ciudades subterráneas

Para ellos esta era una agradable manera de acercárse rápido a su destino. La tierra abría sus fauces hambrienta para devorarlos y escupirlos más adelante en el camino. De la mano siempre, ninguno atrás, ninguno adelante. A veces mirándose a los ojos, a veces a ciegas. La mujer siempre se empeñaba en juguetear durante su recorrido a que eran polvo, eran cenizas, eran nada. A su acompañante poco le inquietaban esos extraños pensamientos ya que polvo eran y en polvo se convirtieron. 

Isla Perdida

Se cumplen casi cuatro años desde que nadie más habita esta isla perdida. A veces se alcanza  a ver un navío al atardecer, o será tal vez que mirar el ocaso todos los días me hace ver visiones. Manchas quizá, como cuando miras al sol y después aprietas los párpados y los abres en repetidas ocasiones para recuperar la visión.

Hace un tiempo, por fin una embarcación decidió acercarse. Su capitán tiró anclas y lanzó un bote para alcanzar la playa. Le parecía el paraíso perfecto; sin embargo, me conoció.

Sigo buscando barcos durante el ocaso, no hago ninguna señal cuando creo ver uno. A partir de mañana los buscaré al amanecer.

La espera

Siempre le gustó viajar en autobús, recorrer los caminos, observar los paisajes, pensar. El último destino trajo consigo horas llenas de ansiedad. Hoy no hay música, todo es silencio. Llegó la hora de marcharse de nuevo, llegar a la central, comprar un boleto, estar sentado horas con la mirada en la ventanilla, torturarse antes de dormir. En su mano, la carta confesa que olvidó dejar sobre el buró de la habitación. Tendrá que buscar una nueva escena para dejar la misiva.