Ciudades subterráneas

Para ellos esta era una agradable manera de acercárse rápido a su destino. La tierra abría sus fauces hambrienta para devorarlos y escupirlos más adelante en el camino. De la mano siempre, ninguno atrás, ninguno adelante. A veces mirándose a los ojos, a veces a ciegas. La mujer siempre se empeñaba en juguetear durante su recorrido a que eran polvo, eran cenizas, eran nada. A su acompañante poco le inquietaban esos extraños pensamientos ya que polvo eran y en polvo se convirtieron. 

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