La última mirada

Él lo supo desde que el sol entró por esa pequeña ventana; esos primeros rayos de aquél día se reflejaron en el espejo en el cual llevaba unos minutos mirándose a sí mismo. Fue entonces que pudo ver ese peculiar color que tornaban los ojos con una extraña tonalidad amarillenta y ese brillo cristalino. Como si sus ojos lo supieran y él no, como si al verse a sí mismo fuera su propia mirada la que le revelaran su destino.

Súbitamente un recuerdo invadió su mente; su padre frente a él aquella mañana de verano quince años atrás. Aquella mirada que hablaba y le decía que no se volverían a ver.

Remojó su cara, acomodó su cabello, recorrió las facciones de su rostro y moviendo los labios, pero sin emitir ningún sonido se despidió. Sabía que no se volvería a ver jamás.

Los muros del tiempo

Los fríos del norte navegaron esa noche hasta rodear la península y dar vuelta para esconderse en la costa. Arriba, en el faro, sus ojos volvieron a quedar cegados entre lágrimas. Había subido al atardecer, cuando el sol se disolvía en el mar y el silencio comenzaba a jugar con el romper de las olas. Ella, en la cima, repasó en su mente cada detalle de su plan. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella?

La luz del faro advertía la cercanía de tierra firme con su luz intermitente y el capitán comenzó las maniobras para dirigirse al puerto y al fin terminar su travesía. Pero ella estaba apunto de activar suplan.

Tierra Firme.